sábado, enero 06, 2007

Cuentos del Colegio


Para Eduardo Quevedo, esté donde esté


El colegio de los Padres Escolapios era lúgubre y vetusto. Recuerdo cuando el Padre Jesús Mari, se afanaba por que practicáramos en sano ejercicio de la oración durante el mes mariano en el patio del colegio con temperaturas que dejaban nuestra narices rojas. Mi madre se empeñaba en que llevara una bufanda que ella misma había tejido, para evitar que me salieran los molestos “sabañones”.

El colegio era una vieja casa, posiblemente perteneciente a algún rico aburguesado de la época de los austrias que un acto de displicencia en los últimos días de su vida, había donado a la Orden.
Solíamos salir a jugar a media mañana en el patio, cuando el Padre Severino, el anciano cura que ejercía las funciones de conserje, tocaba la campana, signo inequívoco de nuestro partido de fútbol.

Nuestra “clase” tenía grandes desconchones en el techo. Se respiraba un permanente aroma de humedad rancia, como cuando se entra en una bodega. Pero todos nosotros nos habíamos acostumbrado. A decir verdad, creo que ninguno lo hubiera cambiado por las impolutas aulas del Colegio de los Jesuitas. La mesa del profesor se encontraba elevada en una especie de altillo de madera aglomerada, y la vieja pizarra mantenía las huellas de la clase anterior, por muy bien que nos empeñáramos en borrarla. Recuerdo qué difícil era meter todo tu cuerpo en aquellas mesas, que habían traído de primaria. Se nos quedaban marcadas las rejas del pupitre en los muslos y los más gamberros jugaban a levantar la mesa con las piernas como si un espíritu les tuviera poseídos.

A lo largo de todas las paredes, colgaban cuadros alegóricos a la paz y felicidad que no se encuentra en este “valle de lágrimas”, de la dificultad de ver el bosque, y metáforas y frases de Tagore, que no entenderíamos hasta unos años después.

En aquella época es cuando conocí a Eduardo Quevedo. No era un niño ni más alto, ni más guapo, ni siquiera más simpático que el resto, pero la lista alfabética nos había hecho coincidir en más de un grupo, y así fuimos cultivando nuestra inocente y prematura amistad. Edu, que así le gustaba llamarse, era un niño de metro y medio, cuyo pelo rizado se encontraba siempre agonizando por una buena ducha.

Tenía los ojos saltones y una mirada alegre, rodeada de una luz especial. Su tez era muy oscura y tenía todos sus brazos cubiertos por calcomanías que había encontrado en el zaguán de su hermano mayor. Siempre mascaba un gran chicle de fresa ácida y cuando ya no le conseguía extraer más sabor, lo pegaba con fuerza en aquellas diminutas mesas para que cualquier incauto colegial fuera pasto de su enjundia. Le encantaba introducirse su dedo índice en la nariz y cuando creías que era imposible que los conductos nasales pudieran aguantar esa presión extraía con sumo cuidad una mucosidad de lo más profundo de sus entrañas.

Era un niño sucio y descuidado. El resto de la clase solía burlarse de él por sus extravagancias. De hecho, el no hacía travesuras, realizaba “desmanes”, como solía repetir a modo de chufla tras la primera bronca con la que le obsequió el Padre Rafael. No existían clases sociales, ni estereotipos, pero a pesar de nuestra corta edad, era capaz de dibujar su entorno familiar. Sabía que detrás de esa mirada alegre, se encontraba un niño triste. Yo tenía fama de acercarme a aquellos seres algo marginales que deambulaban a esa corta edad por la clase, más por un acto inconsciente que por la caridad cristiana que promulgaban los padres en las clases de Religión. Así que, sin proponérmelo, fui forjando una amistad con aquel chico de barrio que poco tenía que ver conmigo, o al menos eso creía.

Al cabo de unos meses Edu y yo solíamos ir juntos al colegio. Al salir de clase, nos acercábamos a una pequeña charca en busca de ranas, que el solía utilizar para macabros experimentos. Él me enseñó a descubrir lo que podía haber detrás de una clase, a que, fuera de aquel viejo colegio, había otra vida que merecía la pena vivir.

Recuerdo el día en que cumplía nueve años. Mis padres me permitieron llamar a algunos amigos e invitarlos para pasar un tarde en mi casa: Regalos, música, y una gran tarta de chocolate como solía preparar mi madre. Cuando estábamos ya todos reunidos, sonó el timbre y apareció Edu. El resto de mis amigos, se miraron extrañados sin concebir que aquel pobre chico algo alocado y muy “raro” estuviera en aquella fiesta. Durante toda la tarde Eduardo fue ignorado. Se limitó a mirar por la ventana y a jugar con una vieja peonza de mi hermano mayor. Yo, no entendía por qué y odié a mis compañeros por aquello. Creo que fue el cumpleaños más absurdo que he tenido en mi vida. Al despedirse se rió como él solía hacer, levantando la comisura izquierda del labio y me dio la mano pegándome uno de sus enormes y mascados chicles de fresa ácida.

Cuando eres niño, no haces las cosas esperando que alguien te las devuelva. Por eso nunca creí que al cabo de unos meses Edu iba a invitarme a su casa a ver un capítulo de “V” a su casa. Me interesaba la idea de conocer su hogar. La casa de aquel chico marginado sobre el que todos habían ido desarrollando la historia paralela de su vida. Unos decían que su madre había sido internada en el Psiquiátrico de Barbastro, otros que su padre era el Padre Rafael, o que le habían abandonado en el río Vero y ahora vivía en una chabola a las afueras de la ciudad. Yo no era un niño valiente, ni tan siquiera aventurero, pero la historia de Edu había adquirido la categoría de mito, y quería ser el primer niño que conociera realmente qué había detrás de esos vivos ojos.
Aquel sábado debía haber estado como monaguillo en Misa de ocho, pero decidí acompañar a Eduardo. La mala conciencia no duró más de media hora, el tiempo que tardamos en llegar a su casa. Por el camino, el alumbrado público de alguna de las farolas se encendía y apagaba y proyectaba extrañas sombras en el suelo que acrecentaban el miedo al imaginarme aquel lugar. Cuando quise darme cuenta habíamos llegado.

Vivía en una casa. Nada de viejas chabolas o cartones viejos. Llamó al portero automático y una voz de mujer nos invitó a subir.

Una puerta con la figura de un “Jesucristo” se abrió ante nosotros. La señora que sostenía la puerta mantenía una enorme sonrisa y me saludó por mi nombre. Al entrar en el salón una gran merienda nos estaba esperando. El salón era un espacio amplio donde dos sillones en forma de L abrazaban el entorno de una televisión. Encima de ésta, fotos de familia, un viejo plato recuerdo de Santander, y algo más de decoración sesentera daba paso a unos armarios con cristales tintados.

En la parte de detrás una mesa de comedor, para las grandes ocasiones.
Su madre, una mujer alegre y vivaracha se sentó con nosotros. Tenía la sensación de que debía cuidar como nadie a aquel primer amigo que Edu había llevado a casa. Era un tesoro, una joya que alejaba los temores de pensar que su hijo era asocial.

Jugamos toda la tarde. Al principio con los clics, y con viejos trenes de madera, pero luego comenzamos a inventarnos juegos e historias. Eduardo era una de las personas más imaginativas que he conocido en toda mi vida. Incluso para la mentalidad de un niño su mente era genial. En aquella tarde estuvimos en Estambul, en el faro de Constantinopla, en Disneyword, en lugares que ni siquiera sabíamos colocar en el mapa. Éramos capaces de viajar con tanta rapidez con la imaginación, que cuando volvíamos siempre solíamos tener una sonrisa cómplice.

Cuando mi vida tenía sentido, mi madre nos sentó a mi y a mis hermanos en el sofá del salón. Mi padre había sido destinado a otra ciudad y debíamos abandonarlo todo, de nuevo. Recuerdo que me sentí triste. Odie a mi padre, a mi madre, por arrebatarme mi felicidad. LA felicidad de un niño de nueve años. Nadie habló. Nadie gritó, ni se enfadó. Todos habíamos aprendido a respetar el trabajo de mi padre, y sabíamos que injusto o no debíamos irnos. Mi hermano mayor suspiró y me miró apenado sin poderme dar una respuesta convincente de lo que estaba pasando. Yo fui hacia mi cuarto y lloré durante varias horas. Lloré mientras colocaba la almohada en mi boca para que nadie pudiera oír mis lamentos.

Recuerdo que era incapaz de hablar con Edu. El me invitaba a salir al patio. Había conseguido que jugara al fútbol y ahora todos los niños le aceptaban. Siempre creía que ambos nos enseñamos cosas.

El último día me acerqué a él. Todavía no acierto a entender de dónde sacamos ese sentimiento tan profundo, pero al mirarlo le dije que debía irme, que, posiblemente nunca más nos volveríamos a ver. El calló. Extendió de nuevo su mano, y volvió a pasarme el chicle de fresa ácida mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.


Habían pasado más de quince años cuando volvía al pueblo. Fui primero a casa de Alberto Sánchez, otro niño-freaky, que solía buscar las mejores notas y levantaba con ahínco el brazo cuando preguntaba el Padre Rafael. Sabía recitar poemas enteros de Machado…. Fuimos a un bar y me invitó a una cerveza. Hablamos de nuestras cosas y de cómo se había convertido en un ingeniero, con ya poco pelo, pero ingeniero. Le pregunté por Eduardo.

Se extrañó que todavía no lo supiera. Eduardo había dejado el colegio. Su madre había muerto de un cáncer y él no había vuelto a hablar con nadie. Hace dos años cuando parecía que había vuelto a recordar su “cordura” fue al garaje de su casa, y sin dar explicaciones, encendió el motor de su coche mientras mantenía las ventanillas bajadas.

Todavía la gente se pregunta el por qué. Yo ya no lo hago. Sé que dentro de él, siempre hubo algo que le incitó a volar más allá, quizás más lejos de una realidad que ya no le respetaba su parcela para soñar.

Cuando a menudo siento que esa realidad empieza a ser pequeña, pienso en Eduardo, y en aquella amistad que todavía hoy me enseña a seguir soñando cuanto más absurdo es el mundo que me rodea.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo era algo más pequeño que vosotros, y sólo conocía a Eduardo de verlo por el colegio o por el barrio con sus extraños inventos. Me he emocionado con tu relato, porque pese a no haber cruzado ni una palabra con él en mi vida, su mirada sí que sigue formando parte de mi vida.

Muchas gracias

CRISTINA dijo...

YO CONOCI A EDUARDO Y OS PUEDO ASEGURAR DE QUE ERA UNA GRAN PERSONA. DEJABA HUELLA POR DONDE IBA Y SE LE QUERIA NADA MAS VERLE. A MI HIJO LE PUSE SU NOMBRE PARA ACORDARME DE EL TODOS LOS DIAS. ME ENCANTARIA PODER HABLAR CON MAS GENTE QUE LO CONOCIERA.