Cuando tenía veinte años, soñaba con los treinta.
Soñaba con un equilibrio que me había trabajado durante la década que me aguardaba llena de sorpresas y cosas estupendas. Soñaba con una vida llena de plenitud, albergando esperanzas de que todo lo que estaba descubriendo, aprendiendo, experimentando y estudiando se concretaría en una persona, casi sobrehumana.
Cuando tenía veinte años era, en el fondo un iluso, que se ilusionaba. Hoy tengo treinta y a menudo me apetece tomarme una cerveza con aquel chaval de veinte años, pero no me coge el teléfono. Hoy sueño más con el fin de semana que con la semana. De hecho, creo que sueño demasiado. Sueño hasta el punto de escapar de algunas de las realidades que me rodean.
Cuando tenía veinte años no escapaba, soñaba por ilusión.
En mi casa tengo dos plantas. A una de ellas, inconscientemente, la he cuidado más y la tengo en el centro de mi pequeño apartamento. La otra la coloqué en una estantería y casi no le da el sol. Ahora cuando llego a casa, tiendo a despreciar a mi "favorita" y me fijo en la que abandoné. Se le han caído las flores y sus hojas están secas, como los campos de mi tierra.
Gran parte de mis objetivos se arrinconaron, dejaron paso a cierto humo y espuma de sueños que no eran míos pero que podía, temporalmente poner en el "centro" de mi vida. Cuando ahora llego a mi propia vida, siento que es la parte de mi yo que abandoné la que tiene más valor, y que sus hojas necesitan volver a cobrar la fuerza, desbancando a la parte más "exitosa" pero mucho menos feliz.
El clown, el submarinismo, el parapente, la guitarra, el arte, lo social, han sido un buen abono, pero sólo han salvado la planta. Llega la hora de buscar un abono que llegue hasta el fondo de la raíz, algo que alimente su savia, que la llene de vida, de valores. Entonces desbancará a la planta preferida. Quizás no tenga las flores tan bonitas, pero dará gusto verla.
jueves, enero 04, 2007
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